17 de abril: honrar la lucha y resistencia campesina
Cada 17 de abril, en el Día de la Lucha Campesina, los pueblos del campo y las comunidades indígenas honramos la memoria de quienes resistieron con su vida al despojo, a la violencia y al hambre impuesto por un modelo que privilegia la ganancia de unos pocos por encima de las mayorías. Esta memoria se hace lucha orgánica a través de las marchas, las mingas, las gestiones ante las autoridades, las siembras simbólicas y en la mística que alimenta la organización popular y aviva el sueño colectivo de tierra, justicia y soberanía.
La desigualdad en el acceso a la tierra continúa siendo una de las raíces más profundas de la injusticia que padece el pueblo paraguayo. Según datos compartidos por organizaciones del Espacio de Unidad Indígena, Campesina y Popular, en ocasión del anuncio de las movilizaciones a nivel nacional, el 2,5% de los propietarios concentra el 85% de la superficie agropecuaria, mientras más de 300 mil familias campesinas viven sin tierra o con tenencia precaria. A su vez, cerca del 30% de las comunidades indígenas relevadas carece de titulación de sus territorios, y más de 200 comunidades siguen sin tierra propia.
Esta realidad no es casual. Es el resultado histórico de un modelo agroexportador basado en el monocultivo, el agronegocio y la expulsión sistemática de quienes producen alimentos para el pueblo. Mientras enormes extensiones se destinan a la soja y a la ganadería empresarial, la agricultura familiar campesina sostiene gran parte de la alimentación nacional con una mínima porción de la tierra.
Aunque las cifras oficiales muestran una reducción de la pobreza monetaria nacional al 16% en 2025, en las zonas rurales el índice asciende al 22,1%, evidenciando que las mejoras macroeconómicas no llegan por igual al campo. En términos absolutos, unas 388 mil personas campesinas e indígenas continúan en situación de pobreza.
Detrás de esos números hay mujeres que sostienen hogares sin ingresos suficientes, juventudes obligadas a migrar por falta de oportunidades y comunidades enteras sin acceso digno a salud, educación, caminos, agua potable o mercados justos. La pobreza rural no se explica por incapacidad de producir, sino por un sistema que margina a quienes trabajan la tierra.
La crisis climática golpea con más fuerza a quienes menos responsabilidad tienen en causarla. Paraguay enfrenta sequías prolongadas, inundaciones, olas de calor e incendios forestales cada vez más frecuentes, afectando directamente la producción de alimentos, el acceso al agua y los medios de vida rurales.
Las mujeres campesinas e indígenas cargan además con impactos diferenciados: más trabajo de cuidado, mayores dificultades para sostener huertas, crianza menor y acceso al agua, y menos respaldo estatal frente a pérdidas productivas. Cuando falta lluvia o sobran inundaciones, no solo se pierden cultivos: se deteriora la seguridad alimentaria de miles de familias.
A la pobreza y al despojo se suma la persecución. En lugar de responder con reforma agraria, restitución territorial y políticas públicas, el Estado muchas veces responde con desalojos violentos, judicialización y cárcel para dirigentes sociales. Organizaciones campesinas e indígenas denuncian imputaciones desproporcionadas, represión de movilizaciones y presos por luchar.
Defender la tierra, el agua, las semillas nativas y el derecho a producir alimentos no puede ser tratado como delito.
Frente al avance del agronegocio y la dependencia externa, la soberanía alimentaria sigue siendo horizonte y propuesta concreta. Significa garantizar tierra para producir, semillas propias, mercados locales, crédito justo, agroecología, compras públicas a la agricultura familiar y respeto a los territorios indígenas. Significa también reconocer el papel central de las mujeres campesinas e indígenas como guardianas de semillas, conocimientos y formas de producción que cuidan la biodiversidad y alimentan a nuestros pueblos.
La dignidad del pueblo organizado impulsa a una resistencia en el territorio contra todos los males que el sistema depara. Se trata de una emergencia de vida, porque sin lucha no habrá paz en el campo. Por esa razón, desde Conamuri estaremos acompañando las movilizaciones del 20 al 22 de abril en los territorios, en unidad con otras organizaciones que entienden que ya no es posible esperar.
¡Organicemos la lucha! ¡Organicemos la esperanza!
